Desarchivar
es el acto que hace posible este diálogo.
Objetos cotidianos
—una foto antigua, una receta manuscrita, un tejido familiar o un recorte de prensa— albergan memorias que no sólo resguardan recuerdos, sino la esencia de quienes ya no están y su legado en
nuestra identidad
. A partir de estos fragmentos íntimos, lo individual trasciende hacia lo común; activando posibilidades para interpretar el pasado, analizar el presente y
prefigurar el futuro
. Aquí se redescubre el archivo para desafiar ese patrimonio inmóvil que huele a naftalina y poder. Es
revolverle la memoria a la nación
con la misma mano con la que se mezcla un cóctel de verdades incómodas y
ficciones necesarias
.