Ante nosotras se despliegan no sólo las huellas del daño, sino los ecos de lo que persiste a pesar de él. Este espacio expone algunas de las violencias que distribuyeron terror en la región del Urabá, pero no para contemplarlas desde la sobreproducción de imágenes y memorias desde el horror, sino para entenderlas como lo que fueron: la reacción estatal y paraestatal ante una comunidad que se organizaba y soñaba en colectivo. Fotografías como los sepelios de sindicalistas, ahora bordadas con hilos de memoria, nos interrogan. No solo nos preguntan por lo perdido, sino por la fuerza de aquella humanidad que solo podía ser contenida condenándola al silencio.
Aquí, la violencia no tiene la última palabra; es solo el eco de una dignidad que no pudo ser borrada y la cual, más allá de la muerte del cuerpo, invita a rememorar y activar los proyectos de una vida colectiva.
Esta sección no mira al pasado para anclarse, sino para extraer de él la fuerza que transforma el presente. La memoria aquí no es refugio, sino territorio en disputa. Este espacio recoge los actos de desafío que el tiempo no pudo disolver: el bullerengue que rompe el silencio, el baile de cuerpos que, organizados, llenaban las calles de Apartadó, el compartir de la sopa en un convite que reconstruye desde el escombro. la mujer que cuida en la penumbra, la palabra poética que se atreve a nombrar lo innombrable. Son gestos que convierten el recuerdo de la resistencia y el encuentro en trinchera. Frente al intento de borrar las huellas, estas memorias persisten, no como reliquias, sino como semillas activas. Porque en el Urabá, la memoria no se guarda: se ejerce. Y en ese ejercicio late la promesa de un futuro que no cede.
Cuando los archivos oficiales convirtieron las trayectorias de vida en números de guerra, el anonimato se volvió otra forma de violencia. Esta sección devuelve nombre, apellido y memoria a quienes fueron reducidos a cifras. Cada imagen es un reencuentro: no son sujetos pasivos, sino protagonistas que nos observan de frente. El retrato aquí es un acto de restitución —las manos callosas del bananero, la mirada firme de la lideresa, la sonrisa del niño en el campamento— que desarma el relato único de la victimización. Estos rostros, intervenidos por quienes sobreviven, interpelan la historia que no cabe en los expedientes oficiales y reclaman, desde cada recuerdo íntimo, el derecho a ser algo más que pasado: a ser experiencia para el futuro.
La prensa ha cumplido un rol importante en la reproducción de discursos que muestran al Urabá como un lugar bananero y violento. También, con periódicos como el Semanario Voz y la separata de “EL Zancudo”, las narrativas en disputa buscan subvertir los discursos que cercan lo que conforma a las comunidades del Urabá. Así, la prensa se convierte en un arma que, como el zancudo que derrotó al gringo que impuso la plantación de banano en la región, también podía derrotar a la oligarquía mediante la reflexión crítica y la divulgación de los hechos.
Bajo el uniforme manto verde del monocultivo bananero se registran las cicatrices de un paisaje intervenido donde, a golpe de látigo, la selva fue convertida en bananera. Donde la ceiba extendía sus raíces y elevaba su tronco hoy sobrevuela la avioneta que fumiga los cultivos; donde los manglares filtraban las aguas, ahora avanzan los canales de drenaje. Entre la Serranía de Abibe y el mar, estas fotografías capturan la paradoja de un territorio vivo y un paisaje modificado, donde el curso del agua fue redirigido y la tierra forzada a producir una sola tonalidad. Frente a esta geografía domesticada, la exposición interpela la memoria del agua, los olores de la tierra e invita a leer en estos surcos la historia de un ecosistema arrasado por la producción industrial del banano.
La región del Urabá, su tierra, montañas, mares y ríos han sido denominados como zona bananera desde inicios del siglo XX. Sin embargo, los pobladores de la Serranía de Abibe, la mayoría de ellos descendientes de comunidades indígenas y antioqueños, han habitado y liderado históricamente la defensa de la tierra y los procesos de recuperación de tierras.
Sin generar una separación abrupta entre el campesinado y los obreros bananeros, ambos conectados por ombligos sembrados en fincas y montañas, así como por el trabajo de la siembra junto al agua, se reconoce a la población que durante años se ha dedicado a la cosecha de cacao…., a aquellos pobladores que mediante convites y ollas comunitarias en escuelas municipales hicieron de la resistencia y la organización el cauce de sus esfuerzos labriegos.
Lo des-archivado implica la práctica artística que activa el archivo, que es capaz de subvertir la narrativa única y las jerarquías en las que se basa la construcción de la historia. En estos documentos, las manos que intervienen restituyen su lugar como productoras de archivos y protagonistas de la historia; en cada trazo, corte y puntada conjuran una acción de justicia como un gesto imprescindible en medio de un país en guerra.
Al formar una obra conjunta y colectiva, se invierten los roles entre Bogotá y el Urabá, siendo este último - territorio y población- el productor de su historia. En estas intervenciones se aloja la reconstrucción y reinterpretación de los relatos de un archivo anónimo, tejiendo una narrativa polifónica que reescribe la historia en su conjunto.
